Sobra
la palabra
Sobra
la palabra “paz”.
Debió
inventarse en una guerra
cuando
la violencia embriagó
y
la razón lloró de amargura.
Ojalá
no hubiesen existido las contiendas
y
ver la paz fuese como mirar al cielo.
En
el suelo viviríamos como aves:
diversas,
mezcladas entre el mismo aire;
sin
más estruendos que los truenos
o
un susto sin aliento, de broma.
No
sería un nombre la palabra paz
si
quien declaró la primera guerra
en
su pesadilla hubiese muerto,
cargando
los asesinatos y los miedos
con
los cuales las guerras miran
a
los inocentes ojos de las víctimas.
Ni
la angustia, ni el hambre,
ni
las sucias caras del odio,
con
cuyos semblantes el tiempo
se
asoma en los hogares
donde
juegan los niños,
habrían
dolido a las manos
antes
de firmar tantas paces.
No
somos tan sabias las personas:
con
gritos y canciones imploramos paz
sin
ser capaces de mantenerla,
manchando
con sangre los últimos milenios
pisoteados
por los mal llamados homo sapiens.
Sin
guerras, la paz habría sido el estado natural
de
las cosas; viviríamos como flores.
Nacer,
crecer, algunas reproducirse,
otras
tan solo crearían belleza;
y
al llegar el fin, ese que tanto aterra,
“Descanse
en paz” se reemplazaría
por
“Alimente a la tierra que le sustentó”.
Habría
sido un sinónimo de vida,
tal
vez, sin guerras, la paz;
Tan
permanente como la luz
o
la certeza del mañana.
El
mero respirar sería paz,
nadie
definiría este sustantivo
con
los pulmones colmados
y
la certeza de que ningunos
se
han vaciado por sus semejantes.
Si
Roma no hubiese pronunciado “pax”,
si
las luchas fuesen por superación,
las
personas luciríamos un brillo de dignidad
y
los esfuerzos bélicos se habrían dedicado
a
curar en un pulso constante con la muerte.
Si
las palabras tuviesen el poder,
con
fuerza la paz
se
habría sacrificado.
Antonio Maldonado Muñoz
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